¿Te gustaría que de Elara o prefieres explorar cómo es el Castillo de Cristal ?
Era la primera vez que Elara pisaba un suelo que no obedecía a la gravedad, sino a las rimas. Al cruzar el umbral del viejo roble en el jardín de su abuela, no cayó en un agujero, sino que aterrizó suavemente sobre un campo de margaritas que pedían perdón cada vez que ella las pisaba.
Elara miró el calcetín. Estaba tejido con hilos de luz de luna y olía a lluvia fresca.
Elara se quedó petrificada. No era el hecho de que la flor hablara lo que la desconcertaba —había leído suficientes libros para esperar eso—, sino que no sabía cuál era el protocolo. ¿Debía inclinarse? ¿Debía ofrecer agua? —Lo siento mucho —logró decir—. Soy nueva aquí.
—Porque todos los cuentos necesitan un punto de vista externo para no volverse locos —dijo la bruja, lanzándole un calcetín de rayas—. Tu trabajo es simple: no intentes entender el "porqué". Aquí las cosas no pasan porque tengan sentido, pasan porque son hermosas, terribles o rítmicas.
—¡Por fin! —rugió la mujer—. La novata ha llegado. Pasa, niña. No muerdo, a menos que intentes corregirme la gramática.
Esa tarde, Elara no luchó contra dragones ni besó a príncipes dormidos. Simplemente ayudó a una bruja a emparejar calcetines que viajaban entre dimensiones y aprendió que, en un cuento de hadas, el mayor acto de valentía es dejar de intentar tener la razón.
—Ganas el derecho a no ser el personaje principal —susurró—. Ganas la libertad de observar el milagro sin tener que salvar el reino. Es el mejor papel de todos.
Una Novata En Un Cuento De Hadas Today
¿Te gustaría que de Elara o prefieres explorar cómo es el Castillo de Cristal ?
Era la primera vez que Elara pisaba un suelo que no obedecía a la gravedad, sino a las rimas. Al cruzar el umbral del viejo roble en el jardín de su abuela, no cayó en un agujero, sino que aterrizó suavemente sobre un campo de margaritas que pedían perdón cada vez que ella las pisaba.
Elara miró el calcetín. Estaba tejido con hilos de luz de luna y olía a lluvia fresca.
Elara se quedó petrificada. No era el hecho de que la flor hablara lo que la desconcertaba —había leído suficientes libros para esperar eso—, sino que no sabía cuál era el protocolo. ¿Debía inclinarse? ¿Debía ofrecer agua? —Lo siento mucho —logró decir—. Soy nueva aquí.
—Porque todos los cuentos necesitan un punto de vista externo para no volverse locos —dijo la bruja, lanzándole un calcetín de rayas—. Tu trabajo es simple: no intentes entender el "porqué". Aquí las cosas no pasan porque tengan sentido, pasan porque son hermosas, terribles o rítmicas.
—¡Por fin! —rugió la mujer—. La novata ha llegado. Pasa, niña. No muerdo, a menos que intentes corregirme la gramática.
Esa tarde, Elara no luchó contra dragones ni besó a príncipes dormidos. Simplemente ayudó a una bruja a emparejar calcetines que viajaban entre dimensiones y aprendió que, en un cuento de hadas, el mayor acto de valentía es dejar de intentar tener la razón.
—Ganas el derecho a no ser el personaje principal —susurró—. Ganas la libertad de observar el milagro sin tener que salvar el reino. Es el mejor papel de todos.